domingo, 9 de marzo de 2014

Segunda parte: Las mujeres de los anillos:

           
Ya había notado una situación extraña cuando una mujer levantó un anillo del suelo que parecía brotar del asfalto parisino pero recién llegaba y había tantas cosas para mirar y ocuparse que el dato pasó, tal vez asimilado en la lista de las costumbres.
             Una mañana bordeaba las calles cercanas al Arco de Triunfo para ir al Gran Palace cuando la situación se repitió. Una chica levantó del suelo un anillo similar a esos que se hunden en las tortas de casamiento y que le predestinan a la ganadora su próxima boda. La chica me preguntó si era mío, le dije que no y seguí caminando. La chica se las ingeniaba para acompañar mi paso, indicarme que a ella no le entraba porque tenía la mano muy gorda y me lo regalaba “pour la chance” Yo le agradecí y seguí de largo . La piba se estaba poniendo pesada cuando decidí recurrir a mi método infalible de salir corriendo y poner cara de desesperada, de persona dispuesta a dar unos buenos gritos y pedir ayuda pero llegué a escuchar a la chica que me suplicaba un poco de plata para comprarse u sándwich.
              A la tarde, cuando contrataba una excursión para ir a Versailles, una alemana devenida en francesa me dijo en español :”Cuidado con la bolsa, acá en París, porque tenemos muchas gitanas” La palabra me causó gracia porque me di cuenta que lo que la rubia agente de turismo quería señalar era la presencia de mujeres engañosas, que habían montado su pequeña puesta en escena callejera para hacerse de algunos euros.
               El glamour de París se interrumpía con estos pasajes bizarros (escuché a muchos chicos repitiendo esa palabra por las calles) , con estos desclasados porque estoy visitando una Europa en crisis. Aunque en el París turístico cueste acordarse.
               En el Petit y Grand Palais y en el Museo de Arte Moderno visité las colecciones permanentes.
                 Me gustaba estar entre los estudiantes de arte que hacían sus dibujos. Son Museos un poco más tranquilos donde volví a enamorarme de Giorgio De Chirico. De alguna manera miraba con más atención, seguramente por el modo en que los cuadros eran exhibidos y presentados.
                 En una sala casi a oscuras en el Museo de Arte Moderno se proyectaban palabras, frases que se leían y desaparecían acompañadas de un pequeño dibujo que parecía de historieta y cada tanto ventanas enormes con jardines. París ama esa luz que viene del verde y las flores.
                 Durante el almuerzo pensaba que mi teoría de los parisinos como personajes arrogantes entraba en contradicción con la simpatía, cierta calidez, una esmerada voluntad por resolver e involucrarse que también aparecía en mis fugaces encuentros con la gente y entonces pude ser más precisa, aunque la contradicción es un dato que convive con cualquier definición. Toda caracterización de un sujeto contiene su contrario. Los parisinos y parisinas están orgullosos de serlo, se trata de eso y muchas veces el orgullo suele malamente confundirse con la soberbia. Ellos hicieron la revolución más importante para el mundo occidental, ellos resistieron al nazismo y pudieron sobrevivir, también hicieron un montón de cosas monstruosas porque me acuerdo muy bien como en su biografía Simone de Beauvoir declaraba sentirse avergonzada de ser francesa, especialmente en los años de la guerra con Argelia,  pero está claro que ellos saben muy bien como procesar su pasado y como sobrellevar sus vergüenzas, o al menos transformarlas en otra cosa.
              Hay un momento en que París se deja ganar por la globalización y se parece a cualquier ciudad en el tumulto de la tarde. Cerca de la zona de las tiendas Lafayette creo estar en Buenos Aires. Antes había caminado por los muelles del Sena y adoraba esa cercanía con el río. Será barroso y marrón, pero esos puentes y muelles lo vuelven majestuoso. Tal vez París encuentre su magia en la manera de presentar, de mostrar cada una de sus cosas, de su tesoro, de su patrimonio.
              La gente corría en jogginetas o ensayaba pequeños picnic, también había algunos jóvenes en bici que parecían una ráfaga entre cierto silencio o modorra del río porque a decir verdad entre los bateaux mouches y los demás barcos para turistas no es una zona tranquila.
              Yo ya planeaba mi travesía en barco pero primero quería recorrerlo a pie.
               Los barrios ópera y Grands Boulevards se pierden entre negocios y tiendas de chocolates. Ahí también demuestran su arte para atraer. No tenía hambre pero como no entrar a esos lugares que hacen de la producción de chocolate piezas de artesanías y cómo no comprar alguno entre el frío y la brutal sensación de que París es una ciudad para recorrerla comiendo alguna que otra cosa (algo que nunca pude hacer)
               Atravieso Les Champs Élysées casi de noche, entre la manada de personas que vuelven de sus trabajos. Ya puedo ver el foco de la Torre Eiffel iluminada. Elijo un bar más moderno frente al Arco de Triunfo, donde se escucha música de moda pero nada se deja ganar del todo por la contemporaneidad, como si París siempre guardara cierta elegancia del pasado.
A veces los mozos tardan en atenderte porque están apabullados por la cantidad de pedidos. Además de turistas parece haber muchos ejecutivos, oficinistas que todavía cargan papeles de trabajo. En la tienda todas las cosas son hermosas y carísimas. Amo un bolso que sale casi tanto como la plata que llevé para todo el viaje.
             Me divierte no saber muy bien ni la hora ni el día de la semana y preguntarme si realmente sé mirar, sé conocer la ciudad o termino atrapada en la velocidad como en La Plata o Buenos Aires.
              Antes me había detenido en un negocio lleno de joyas. En Tiffani, en Versace y en tantos otros. Piezas divinas, trabajadas al detalle, asombrosas como en un cuento. Había un reloj que de tantos brillantes no permitía ver la hora. Enceguecía la vista

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